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PRESENTACIÓN DEL PROCESO DE RESTAURACIÓN DEL RETABLO DE S. JUAN (24 septiembre 2020)

 El jueves 24 de septiembre en el templo de El Salvador tuvo la presentación, por parte de los restauradores que han llevado a cabo el proyecto, del proceso de restauración del Retablo de S. Juan que se encuentra en nuestra iglesia. Fue una oportunidad para conocer un poco más la riqueza artística y catequética de nuestro templo. 


Si pinchas en el enlace podrás descargar el cartel de presentación.

 https://drive.google.com/file/d/1yAqcuphS7wrBQPUUNq4bVuSBQgZntBys/view?usp=sharing


FIESTA DE LA PARROQUIA (6 agosto 2020)

De un modo diferente, porque las circunstancias nos obligan a ello, también en medio de este tiempo de Pandemia hemos querido dar gracias a Dios como parroquia por nuestra vida como comunidad cristiana. En una asamblea, que se ajustó a las condiciones de aforo, pero que se ensanchó a través de la emisión de TV La Palma, no quisimos perder la oportunidad para dar gracias a Dios por el don de la fe y de la comunidad en la que la compartimos e intentamos vivir. Gracias a todos por expresar nuestro ser familia en torno al altar; gracias a los sacerdotes que nos acompañaron y a Paco Pepe, que presidió la eucaristía; gracias a quienes pusieron su granito de arena para que todos los detalles estuvieran a punto. Que Dios nos conceda en los próximos años hacer fiesta con una mayor normalidad.
 






 

CONCLUSIÓN DE LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES EN LA VIDA ORDINARIA (12 julio 2020)

Durante los últimos meses, un grupo de personas de la parroquia ha realizado el itinerario de los Ejercicios Espirituales en la vida ordinaria. Es una experiencia que intenta adentrarse en este recorrido que S. Ignacio previó para "reformar la vida" a la luz de evangelio. 
El día de hoy, en una jornada de retiro, hemos querido concluir estos meses de cultivo de la interioridad.

EUCARISTÍA POR LAS VÍCTIMAS DE LA COVID 19 (10 julio 2020)

El día 10 de julio, el obispo de la Diócesis, D. Bernardo Álvarez, presidió en el templo de El Salvador una eucaristía por todas las víctimas de la COVID-19, especialmente por los fallecidos en la isla de La Palma. La eucaristía contó con la presencia de un numeroso grupo de sacerdotes de la isla, así como con una representación de las autoridades de la isla y de instituciones que nos han acompañado en esta lucha, que aún continúa, contra la pandemia.



4 MARCHA A FAVOR DE REGINA PACIS EN MUMBAI

Este año las circunstancias no nos han permitido teñir de color nuestras calles en recuerdo de las niñas de la Residencia Regina Pacis de Mumbai. Eso no ha impedido nuestro recuerdo de aquella casa. En este vídeo va nuestra gratitud a las Religiosas de María Inmaculada que sostienen aquella labor y la promesa de convertir nuestra cercanía en solidaridad desde que la situación que vivimos lo permita.


CATEQUESIS SOBRE LA VIRGEN MARÍA 2: DIOS ENTRA EN LA HISTORIA. LA ENCARNACIÓN II: MARÍA, MADRE DE DIOS (3 mayo 2020)

En el siguiente enlace podrás acceder a la segunda catequesis sobre la figura de la Virgen María. El título de la misma es "Dios entra en nuestra historia. La encarnación II. María, Madre de Dios". Su intención es es la de explicar lo que queremos decir cuando afirmamos la maternidad divina de María. 



LUNES SANTO. LA NEGACIÓN Y EL PERDÓN (6 abril 2020)

«Te aseguro que hoy, antes de que cante el gallo, me habrás negado tres veces» (Mt 26,34)
Cada Lunes Santo, Santa Cruz de La Palma contempla el paso procesional del Señor del Perdón. En esa contemplación, hace experiencia de su propia fragilidad y de la necesidad que todos tenemos de la misericordia de Dios. 

Las circunstancias de este año son, sin duda, especiales, pero no debemos privarnos del impacto que el amor de Dios quiere dejar en el corazón de quienes, como Simón Pedro, nos sabemos pecadores. Los invito a que también nosotros nos sintamos Simón en esa escena; a que nos hablen los contrastes que se dan en este discípulo del Señor.

Pedro es «el ímpetu en persona». Los textos del evangelio nos lo presentan como un hombre impulsivo y, en ocasiones, fanfarrón. Es él quien se adelanta en nombre de todos para declarar Mesías a Jesús cuando este pregunta: «ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» (Mt 16,1516). Es él quien se enfrenta a Jesús, afirmando que no puede sucederle nada malo, cuando el Maestro predice su pasión (Mt 16,22). Es él quien se postula a sí mismo como único en el conjunto de los discípulos: «Aunque todos te dejen solo, yo no lo haré, yo estoy dispuesto a morir por ti» (Mt 26,33.36).

Es sorprendente. En el momento inicial de su vocación, Pedro se había definido a sí mismo como indigno y pecador: «aléjate de mí que soy un pecador» (Lc 5,8). Con el transcurrir del tiempo, va dejándose arrastrar por su carácter impetuoso y se percibe a sí mismo más seguro y consistente de lo que realmente es.  

Vienen a nuestra memoria las palabras de Jesús: «Tú eres piedra, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia» (Mt 16,18). Sin embargo, el lector de los evangelios puede preguntarse: ¿Pedro es «piedra firme» o «terreno pedregoso»? Es decir, ¿no será Pedro un terreno donde la semilla brota enseguida, pero termina por secarse, pues no tiene raíz? (Mt 13,56).
Por ello, los invito a revivir las escenas de la noche de la Pasión de Jesús. Quizás son estas horas las que mejor retratan al apóstol.

En el arco que va desde la última cena al prendimiento del Señor hay tres grandes «noes» que Pedro pronuncia. No se trata de negaciones de su relación con Jesús, pronunciadas ante otros. Se trata de negaciones dirigidas al propio Señor.  

La primera negación de Pedro se produce durante la última cena. Es un «no» rotundo. «No me lavarás los pies jamás» (Jn 13,8). Se niega a ser «uno más». El lavatorio no es un rito de purificación, sino de servicio. Pero él, desconcertado, no lo entiende. Si Jesús va a purificarlos, que lo haga a los otros. A él no. Ese estar seguro de sí mismo le hace enfrentarse directamente a su Señor. Pedro no entiende los caminos de Jesús y se rebela.

La segunda negación tiene lugar en el huerto de Getsemaní. Jesús está derrotado anímicamente por lo que se le viene encima. En medio de su desvalimiento, ora e invita a sus discípulos a orar, porque «el espíritu es fuerte y la carne débil» (Mc 14,37), pero Pedro, «se queda dormido» (Mc 14,39). Uno se sorprende ante lo escandaloso de la escena. El dolor y la preocupación suelen quitar el sueño y, sin embargo, Pedro duerme. ¡Qué lejos está de los sentimientos de su maestro! En el lago de Tiberíades, Jesús lo había llamado a estar con él. Pero, lo cierto es que Pedro no está con Jesús. Físicamente está como a un tiro de piedra (Lc 22,41), pero interiormente está lejos, rota toda sintonía con la persona y destino de su Señor.   

La tercera negación se produce en el momento en el que Jesús es apresado. Nos dice el texto evangélico que Pedro «desenvainó la espada y cortó la oreja al siervo del Sumo Sacerdote, que se llamaba Malco» (Jn 18,10). En Cesarea Pedro había oído, «ponte detrás de mí, Satanás, porque me haces tropezar» (Mc 8,33). Y Pedro, en el momento decisivo, vuelve a «ponerse delante». Se resiste a ser seguidor de Jesús. Tiene necesidad de «arreglarle los caminos a Dios». Se despierta en él ese deseo de que Jesús no pase por la pasión. Y él asume el protagonismo para dirigir la historia según sus propios criterios. 

Pedro se niega a ser «paciente». No solo en el sentido de tener paciencia, sino de estar dispuesto a padecer. Ha dejado de seguir y pretende que sea Jesús el que siga sus propios criterios, quizás bienintencionados, pero profundamente distintos de los que el Maestro había elegido al vencer las tentaciones en el desierto.  
Probablemente, estas tres sean las grandes negaciones de Simón Pedro. Las que solemos recordar son la expresión en palabra de lo que ya ha sucedido en el corazón del apóstol. En ellas Pedro afirma que no conoce a Jesús, que no es de los suyos.
La escena en el patio no deja de tener su ironía (Mt 26,69-75). Si Pedro hubiese afirmado ante la criada y los sirvientes que él era discípulo de Jesús, lo más probable es que no le habría sucedido nada. Quienes estaban en el patio no tenían poder para amenazar su vida. Pedro podía haber dicho que sí, que era de los suyos, sin gran riesgo. Pero no lo hace. Expresa lo que lo define: no lo conozco. Y en eso no miente. No conoce a Jesús. Esto ya lo ha demostrado, durante los momentos previos a esta escena, con sus reacciones ante el propio Jesús: «no me lavarás jamás»; «se quedó dormido»; «desenvainó la espada».
Tras estas palabras, canta el gallo. Este signo sirve para poner en marcha el camino del perdón. Nos dice Lucas que, tras el canto, Jesús se vuelve y mira a Pedro y, tras esa mirada, ya el apóstol no hace otra cosa que llorar (Lc 22,6162). Su única respuesta son las lágrimas. Ya no puede decir nada, no puede hacer nada. Tiene que renunciar a su propia seguridad personal y a dictarle él mismo los caminos a Dios.
Pedro necesita ahora, empezar de nuevo. Y ese inicio se vivirá en la escena del lago tras la resurrección (Jn 21,1522). El perdón de Jesús ya lo había recibido en su mirada. Esta escena le permite a Pedro hacer una doble experiencia.  
En primer lugar, necesita comenzar de nuevo su relación con Jesús, pero sobre otra base. El apóstol tiene que aprender a mirar a Jesús sin afirmarse a sí mismo: «aquí estoy yo con mis fuerzas». Le conviene decir a su Maestro: «también yo necesito que me laves». Necesita expresar que ha comprendido que es «terreno pedregoso» y que ahora ya no puede prometer fidelidad; no puede fanfarronear, seguro de sí mismo. Y ello va a tener que hacerlo aprendiendo a perdonarse a sí mismo, sin poder alegar méritos de fortaleza.

En segundo lugar, Pedro debe ser sincero consigo mismo. Pese a saberse débil y pecador; pese a reconocer su equivocación; pese a tener dificultades para perdonarse a sí mismo, no puede negar su verdad más profunda: él verdaderamente quiere a Jesús.

Pedro, en el lago, «ha renunciado a su propia seguridad para poder establecer una nueva relación con Jesús». Ha pasado de ser «terreno pedregoso» a ser tierra buena, que acoge la semilla que lo enriquece y le deja dar fruto. Y eso lo ha hecho dejando hablar con toda sinceridad a su corazón: «tú sabes que te quiero».

Buena Semana Santa.

"LA PROCESIÓN SE LLEVA POR DENTRO" (5 abril 2020. Domingo de Ramos)


Estamos acostumbrados a que el domingo de Ramos tenga el color de nuestras calles. Desde niños tenemos identificado el recorrido de la procesión del Señor de la Burrita o de la comunidad alzando sus palmos y olivos. 

Es el itinerario de las aclamaciones y cantos, de una cierta aglomeración de gente, de la curiosidad de los que pasan. En la primera Semana Santa de la historia muchos signos apuntaban a la fiesta: los palmos, los olivos, los mantos, el entusiasmo de los discípulos, bajando Betfagé. Todo era gozo y algarabía. Para todos, salvo para aquellos que nunca soportaron que los pequeños aclamaran a Jesús como Señor. Domingo de Ramos era sinónimo de fiesta.

Sin embargo, ese camino no siempre tuvo este tono alegre. Siglos antes, el rey David hizo el mismo recorrido en medio del miedo, del dolor, de la traición. Huía de su hijo Absalón, que se había rebelado contra él. En el segundo libro de Samuel leemos que «David subió la Cuesta de los Olivos; la subía llorando, la cabeza cubierta y los pies descalzos» (2 Sm 15,30). No estamos en una procesión; David está escapando. Su procesión «va por dentro». Apenas llega a la cima, le dan unos burros para que pueda ponerse a salvo.

Cuando el domingo de Ramos Jesús decide hacer ese camino en sentido inverso, está diciéndole al pueblo no solo que él es el nuevo Rey que tienen que esperar. Está diciéndole que ha terminado el tiempo de la aflicción, que se ha abierto la era de la esperanza. No está haciendo una huida callada y clandestina, sino una procesión ruidosa y alegre porque llega el que «viene en el nombre del Señor».

Este año, estos dos recorridos compiten en la procesión que «llevamos por dentro». Está el camino del miedo y del dolor, porque no podemos ser ajenos a la situación que está viviendo gran parte de nuestro mundo. La procesión, que este año no podremos hacer por nuestras calles, nos encoge el corazón porque hay muchos signos que nos empujan a la tristeza y al desánimo, como a David.

Pero también compite en nuestro interior la procesión de la esperanza. No se vestirá de cantos y de aclamaciones, como otros años, pero sí tiene fuerza para teñir de espera serena el corazón de la comunidad cristiana.

Somos invitados, también este año, a acoger a un rey distinto: a un Señor humilde; a un siervo, que se arrodilla a los pies de sus discípulos; a un nazareno, cargado con el madero de la cruz; a un grano de trigo, que se siembra en tierra y muere para dar fruto. La procesión de la esperanza no depende de la bondad de las circunstancias. No son buenas para nosotros ahora y no lo fueron para Jesús entonces.

La esperanza nace de aquel con quien recorremos el camino. Es él quien nos hace desandar la huida del miedo y nos permite mantenernos enteros en medio del dolor.

Este año, como nunca, nuestra Semana Santa se parece a la que vivió Jesús. También en su interior pugnaban dos procesiones: la del dolor y la de la esperanza.

Que, al acercarnos a estos días Santos, todos, como comunidad cristiana, podamos gritar con el convencimiento del corazón: Hosanna al Hijo de David; Bendito el que viene en el nombre del Señor; bendita la humanidad porque también hoy el nazareno, ya resucitado, hace con nosotros el camino de la vida. 

Les deseo una Semana Santa llena de esperanza

"LÁZARO, ¡SAL FUERA!". (29 marzo 2020. 5º Domingo de Cuaresma)

Cuando leí el texto evangélico de la eucaristía de este domingo, el mandato: «Lázaro, ¡sal fuera!» me sonó casi a broma de mal gusto. Llevamos días, semanas escuchando todo lo contrario: «quédate en casa». Las palabras del Señor despertaron en mí deseos de vivir la normalidad de quien puede pasear las calles, de quien se encuentra en las plazas, de quien entra en contacto con los otros y se deja tocar.
Con un poco más de pausa, reconozco que estas palabras de Jesús a su amigo Lázaro me resultaron profundamente sugerentes. ¿Qué ha salido fuera? o ¿qué tiene que salir fuera en este tiempo en el que somos continuamente invitados a permanecer en nuestros hogares? He mirado hacia atrás y he recordado gestos, noticias, emociones de estos quince días de vida más hogareña, obligada por las circunstancias. ¿Qué ha sucedido?
Se me han acumulado mil respuestas. Les ofrezco las que han golpeado con más fuerza mi corazón.
«Ha salido fuera» nuestro miedo. O nuestros miedos, según se mire. Para muchos se ha despertado el miedo a que quede afectada su salud; el miedo a que, si se complican las circunstancias, el sistema sanitario de nuestro país no pueda resistir; ha cobrado fuerza el miedo a poder afectar a personas vulnerables que conviven con nosotros; o a que el virus toque a la puerta y entre en la vida de seres queridos que están en primera fila de nuestra sociedad (y aquí la lista puede ser muy larga: personal sanitario; dirigentes políticos; fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado; Ejército; personal de residencias de mayores, jóvenes tutelados o personas con discapacidad; trabajadores de nuestras farmacias, supermercados o servicios de primera necesidad;  carteros; agricultores; transportistas; empleados de banca; obreros de la construcción; servidores del transporte público; empleados de las empresas hidroeléctricas o estratégicas; científicos; investigadores; empleados de funeraria; funcionarios de prisiones; periodistas; cuidadores; empleados de la limpieza; voluntarios de innumerables ONGs al cuidado de los descartados…). Esos que están sin duda incluidos en nuestros aplausos de cada día a las 7 de la tarde, hora canaria. Pero quizás lo más duro sea que el virus ha despertado nuestro miedo al otro. El otro, incluso un ser querido, puede ser, involuntariamente, un agresor de nuestra salud. Y, quien sabe, hasta nuestros propios amigos o familiares pueden ser objeto de nuestro miedo. Evidentemente, no ellos; es el virus. Pero el virus no tiene rostro y parece disfrazarse con los rasgos de quien está cerca.
«Ha salido fuera» la conciencia de que «todos estamos en el mismo barco». Durante tiempo quizás hemos vivido la engañosa ilusión de que «estas cosas les pasan a otros». Les suceden a los países empobrecidos, que siempre están lejos, aunque sus costas y las nuestras no disten más que unas decenas de kilómetros. Nos sentíamos invulnerables y nos hemos dado cuenta de que no éramos tan poderosos, no estábamos tan protegidos, no teníamos asegurado nuestro futuro. Y no se trata solo de que estemos en el mismo barco. Se trata de que estamos interconectados. Lo que haga uno de nosotros (y cuando digo nosotros incluyo a los que están a miles de kilómetros) va a repercutir sobre el futuro de todos. De repente, un virus nos ha mostrado, desde el miedo, que «somos hermanos» y que nuestros destinos están más unidos de lo que creíamos. ¡Qué paradojas tiene la vida!  Nosotros, españoles, que en ocasiones hemos hablado de cerrar nuestras fronteras como modo de protegernos, hemos contemplado cómo muchos países nos bloqueaban la entrada porque nos percibían como una amenaza.
«Ha salido fuera» la necesidad que tenemos de los demás. Y hemos tirado de ingenio, de medios digitales y, desgraciadamente, alguna vez de picaresca, para no sentirnos tan solos y encontrarnos con los otros. Porque la soledad, cuando no es la elección del que necesita intimidad, no deja de ser un castigo. Y qué bien lo hemos entendido en estos días de confinamiento.  
«Ha salido fuera» nuestra dificultad para convivir en paz con la propia intimidad. A muchos se les ha ido atragantando con el paso de los días la vivencia del silencio. Alguien a quien conozco me decía hace algunas semanas que el silencio de Roma le aterraba. Nos ha costado habitarnos en lo más hondo de nosotros mismos. Y hemos necesitado excusas para romper el silencio con el que nos sentíamos incómodos. El encierro quizás ha revelado a algunos de nosotros nuestra falta de paz interior. Tal vez porque tenemos poca destreza para lidiar con situaciones adversas; tal vez porque no sabemos arrostrar frustraciones ante los planes que no se cumplen.
Cuando comenzábamos la cuaresma, decíamos que los 40 días hacían referencia a un tiempo suficientemente largo para que pudiera germinar y «salir fuera» lo que vive en nuestro corazón y puede estar escondido a nuestros ojos. Sorprendentemente, ha sido la cuarentena la que ha «sacado fuera» muchas de esas cosas.  
Pero lo más hermoso es que quienes hemos visto despertar en nosotros el miedo, el desmoronamiento de la ilusión de ser invulnerables, la sensación de autosuficiencia que nos separaba de los demás o las guerras interiores que no nos permiten habitarnos en paz, hemos dejado salir fuera también cosas hermosísimas.
«Ha salido fuera» la creatividad. Esa que nos ha hecho editar vídeos, publicar memes o inventar chistes para alegrar la vida de los otros;  la que ha hecho posible que un enfermo de Alzheimer tocase su armónica cada día en el momento de los aplausos para sentirse reconfortado por la aprobación de un público que ha terminado por reconocer el gesto creativo de su cuidadora; la que ha movilizado un ejército de corazones buenos que en pocos días han aprendido a hacer mascarillas o a diseñar equipos de protección individual; la que ha permitido a maestros y profesores improvisar una enseñanza a distancia en poco más de 24 horas para atender a nuestros hijos y nietos;  la que ha puesto en marcha impresoras 3D para fabricar respiradores; la que ha encerrado a investigadores en sus laboratorios en busca de un tratamiento o una vacuna para esta pandemia… y tantas otras, sin duda. La creatividad es arte, por supuesto. Y de ese no ha faltado ni un gramo en estas semanas. Pero la creatividad también puede convertirse en la expresión externa de un amor que no se queda con los brazos cruzados cuando alguien te necesita. Y, ¡vaya que ha habido amor creativo en estos días!
«Ha salido fuera» la solidaridad. Esa solidaridad que nos conmueve en las imágenes diarias de cada informativo. La lista podría ser infinita: voluntarios que ofrecen su saber para levantar en pocos días un inmenso hospital; personas que aceptan duplicar sus turnos de trabajo porque suplen a sus compañeros enfermos; personal sanitario que decide no dormir en casa y acepta la soledad para poderse entregar del todo a quienes llenan los centros hospitalarios; jóvenes que echan manos en residencias de mayores; empresas que se encargan de llevar comida al personal sanitario; cuidadores que se trasladan de domicilio para no dejar solas a las personas a las que habitualmente atienden; agricultores que desinfectan nuestras calles; fábricas que cambian sus producciones para proveer de material sensible a la sociedad; voluntarios que se acercan a los colectivos más desfavorecidos; personas -profesionales o no- que descuelgan diariamente el teléfono para aplacar una soledad o aliviar una angustia; artistas, músicos y escritores que ofrecen el fruto de su creatividad, sin ninguna contraprestación económica; periodistas que no ceden a la tentación de sensacionalismo para ejercer su deber de informar cabal y verazmente; supermercados que dan prioridad en las compras a quienes cuidan a los enfermos; bares de carretera que ofrecen gratis sus productos a los camioneros; deportistas o empresarios que promueven la recaudación de fondos… y niños, también ellos, que, conscientes de la situación, han mostrado una madurez que para muchos de nosotros habríamos querido…Un largo etcétera que sería imposible mencionar. La solidaridad ha traspirado por los poros de nuestro país. Y eso es una grandísima noticia. No solo por el bien que ha hecho a muchos. También por la hermosa sensación de satisfacción que deja en los que quizás no hemos hecho tanto, pero nos sentimos parte de ese movimiento bondadoso.  
«Ha salido fuera» el heroísmo. El heroísmo de quienes han vivido con desgarro interno la despedida de sus seres queridos, sin poder ni siquiera estrechar en los últimos momentos su mano; el heroísmo de quienes, sin estar suficientemente protegidos, han sido capaces de cuidar a enfermos y personas que estaban a punto de morir; el heroísmo de quien ha aceptado con serenidad la muerte… Las situaciones de más debilidad parecen haberse convertido en radiografías de las fortalezas interiores de muchos miembros de nuestra sociedad. De esas personas que reciben unos merecidísimos aplausos cada día. De tantos otros que también se los merecen, aunque no los escuchen. Han sido héroes porque han hecho lo que tenían que hacer justo cuando lo tenían que hacer, sin dejar que el miedo, la comodidad o el egoísmo los paralizase. Y lo han hecho muchas veces sin ruido, sin espera de recompensas, sin notoriedad.
Parece mentira, me decía a mí mismo, que, cuando con tanta frecuencia se nos repite que nos quedemos en casa, hayan salido fuera tantas cosas en estos días. Estoy convencido de que es bueno que así haya sido. Que se hayan hecho patentes las que nos parecen más luminosas. Pero también las otras, las que nos muestran las raíces quizás no tan buenas que llevamos dentro y que, en las habituales situaciones de calma que vivimos, no logramos adivinar.  
El grito de Jesús a Lázaro era un mandato para que la vida saliese de la muerte, para que el hombre resucitado saliese del sepulcro. Si se me permite la metáfora, en medio del sepulcro en el que nos ha metido esta pandemia, no dejemos de escuchar la voz del Señor que nos dice: ¡Sal fuera! En ese «salir fuera» se hará patente lo que llevamos dentro (miedos, falsas ilusiones, ausencia de paz); lo que verdaderamente somos (hermanos frágiles en un mismo barco) y lo que, de la mano del bien y de la mano de Dios, estamos llamados a ser (creativos héroes del amor para la vida de los otros). No dudo que vivir así es uno de los mejores modos de experimentar la fuerza de la Resurrección.

Buen domingo de Cuaresma.  

PREGÓN DE UNA SEMANA SANTA DIFERENTE (26 marzo 2020)

Hace un año, más o menos, nuestra ciudad engalanada se disponía a celebrar con solemnidad la Semana Santa. Las cofradías estaban preparadas; los tambores, a punto; los pasos, con sus flores y sus imágenes listas para procesionar. Palmeros y visitantes, creyentes o no, amantes del arte o simplemente curiosos, comenzaban a llenar nuestras calles.

Este año, sin embargo, a nuestro alrededor, solo hay silencio y un sentimiento casi apocalíptico que nos invade. Ahora todo es diferente. Intentamos mantenernos ocupados en nuestras casas, tratando de no desesperarnos, mientras el reloj, que sigue marcando el paso del tiempo, y la vida, que prosigue su curso, nos sitúan de nuevo ante esos mismos días; los mismos, pero no iguales.

En medio de esta situación tan compleja en la que nos encontramos, me gustaría que viviéramos este momento como una oportunidad para acercarnos de una manera distinta a la SEMANA SANTA de Jesús, desde el Domingo de Ramos hasta su RESURRECCIÓN, y también a la nuestra.

Te invito a que cierres los ojos y traigas a la memoria de tu corazón nuestras procesiones, nuestros sonidos, nuestros olores. Me gustaría que te fijaras en algunos detalles: en las miradas, en las manos, en los silencios y en la Virgen.

Hay muchas MIRADAS

Miradas de misericordia, como la del Señor del Perdón ante las negaciones de Pedro, que nos recuerdan que para Dios todo puede ser perdonado, incluso la negación del amigo ante aquellos que lo señalaban como de los suyos.


Miradas de dolor ante una caída por el peso de la Cruz, como recordamos el Miércoles Santo.  Porque en esa Cruz van la lucha por la justicia, el dolor de los que sufren, la exclusión de los más pobres, la falta de libertad. Y bajo ese peso cae Jesús, el Señor de la Caída, en el silencio de la noche, arropado por el sonido de las cadenas en la calle Real.

Miradas que se elevan al cielo como un grito desesperado: “¡Padre, que pase de mí este cáliz!”. Ese clamor escondido en la procesión del Huerto que nos traslada a aquella noche de angustia y soledad en la que ni los más cercanos se mantuvieron despiertos junto a Él.
“¡Padre!”; un grito que se prolonga hasta el Calvario, pero esta vez no para pedir por Él, sino para implorar el perdón para los que lo estaban crucificando.

Hay muchas MANOS

Manos que alaban y que se unen en los cantos de la mañana del Domingo de Ramos. Manos que bendicen desde una burra, mientras como Comunidad salimos a la calle cantando y proclamando a Jesús como nuestro Dios, como el Santo, como el que viene en el nombre del Señor.


Manos atadas con cuerdas, que nos recuerdan al preso, al juzgado, al inocente que es entregado por envidias, por miedo, por cobardía. Cuerdas que inmovilizan las manos que sanaron, que dieron de comer, que acogieron a los más necesitados y que ahora lo mantienen sujeto a la Columna, flagelado, coronado de espinas, con la luna llena y la calle de La Luz como testigos.

Manos que esperan, sí, que esperan que se cumpla la promesa de Dios Padre, mientras descansan en el cuerpo inerte del Señor del Clavo, que no habla de muerte sino de Amor, de vida entregada, de generosidad, de obediencia al plan de Dios, de esperanza en la Resurrección.

Hay SILENCIO Y SOLEDAD

Simplemente hay que contemplar, o mejor acompañar, al Señor de la Piedra Fría. Jesús, solo, y ante Él toda su vida. ¿Dónde quedaron sus discípulos? ¿La gente que lo seguía? ¿Aquellos a los que dio de comer y a los que sanó de sus enfermedades? ¿Qué quedó de todo aquello? Solo silencio y soledad. La oscuridad de la noche acompaña la imagen; y la oración de los fieles, que recorren con ella las calles de esta ciudad.

Hay MADRES

Hay muchas imágenes que nos recuerdan la figura de la Virgen. La que es preludio, en el Viernes de Dolores,  de lo que va a suceder; la que nos recuerda que María nunca perdió la Esperanza y en su manto verde lleva clavados los sueños de Dios para ella; la Madre que acompaña a su Hijo camino de la Cruz o lo contempla clavado en ella; o la que  está buscándolo por las calles, pidiéndole ayuda a Juan porque no quiere que su Hijo muera solo, una Madre que sale al Encuentro y que en la plaza de España, mecida por los pequeños pasos de los cargadores, escucha al Nazareno decir:  “Madre, ¿no ves que hago nueva todas las cosas?”. Y la Madre que lo acoge en su regazo al bajarlo de la Cruz, como lo acogió en Belén, esperando el momento de la RESURRECCIÓN.

Pero me gustaría que durante unos instantes recordáramos que nuestra Semana Santa también está llena de ojos que miran con devoción, con afecto o con curiosidad, nuestra forma de vivir la FE. Tanta gente que nos visita para admirar nuestras tallas, nuestras procesiones, nuestra cultura. Tantos que vienen para revivir las tradiciones de sus padres y de su infancia y que enseñan a sus hijos a abrir los ojos ante cada paso procesional, explicándoles quiénes son los personajes, cuál es la historia que representan.

Hay muchas manos. Las manos de quienes contribuyen a que todo se desarrolle de la mejor manera posible: las comunidades parroquiales, las cofradías, las familias que trabajan durante mucho tiempo para que todo salga según lo previsto. Las manos de aquellos que mantienen la ciudad limpia, ordenada y adornada para la ocasión. Manos que piden, que rezan, que alaban, que dan, que ofrecen. Muchas manos.

Hay silencio y soledad, porque es tiempo de recogimiento, de acompañar los pasos, de reflexión sobre la propia vida, de FE en aquel que dio la VIDA por nosotros, de oración, de ESPERANZA, de saber que el AMOR es más fuerte que la MUERTE.


Hay Madres, muchas madres, que durante generaciones han enseñado a sus hijos el significado de nuestra Semana Santa; que nos han puesto nuestros mejores vestidos para acudir a las Eucaristías y a las procesiones; que nos han enseñado qué significan estas imágenes; que nos han contado historias entrañables y que, cuando hemos sido mayores y quizá la vida no nos ha tratado bien, nos han llevado en su corazón ante el Señor del Perdón, de la Caída, de la Piedra Fría o el Nazareno. Madres, aquellas que nos acompañan siempre, que nos cuidan siempre, que nos aman siempre; aquellas que nos llevan a Jesús.



Llega la Semana Santa, seguramente como no quisiéramos que llegara, en una situación irreal para todos. Llega la Semana Santa para vivirla desde lo profundo de nuestro SER. Aprovechemos este tiempo para contemplar a Jesús en el Huerto, encarcelado, flagelado, crucificado, muerto y RESUCITADO y dispongamos nuestro corazón para el día que lo podamos volver a recibir VIVO en la EUCARISTÍA.


Buena Semana Santa.

REFLEXIÓN SOBRE EL EVANGELIO DEL CIEGO DE NACIMIENTO (22 marzo 2020)

DE LUCES Y DE SOMBRAS
La liturgia de la eucaristía de esta semana nos acerca a la experiencia de la curación de un ciego. La sanación de alguien que no ve o parece no ver, cuando todos ven o parecen ver. Hay en el texto un juego de visiones y de cegueras, de luces y de sombras. Pero, quizás, esa solo sea la corteza de una narración que no apunta a los ojos, sino al corazón.
Estos últimos domingos de cuaresma nos animan a mirar a la luz de la pascua. La iglesia y cada creyente en particular somos invitados a dejarnos inundar por el esplendor de la resurrección de Jesús. Y en ese camino, el evangelio de hoy nos propone calzar los zapatos del ciego de nacimiento y dejarnos arrastrar por su proceso interior de fe. Un itinerario que me gustaría describir en tres pasos.

1. De la ceguera confiada a la visión

A diferencia de otros fragmentos evangélicos en los que se nos informa de su nombre, el texto de hoy no nos revela quién es este hombre. Es un «sin nombre». Su única identidad es ser ciego.
Según los primeros versículos, lo único que se le pide al ciego es «dejarse tocar y untar barro en los ojos». Él no ve quién lo hace; no conoce su intención; no sabe, ni siquiera, con qué ha untado sus ojos; no puede afirmar rotundamente cuál será el resultado del gesto. Pero, sorprendentemente, se deja tocar. Y, más sorprendentemente aún, se fía de una palabra: «ve a bañarte a la piscina de Siloé».
Quién sabe si empujado por la conciencia de su pobreza y de su vulnerabilidad o animado por el deseo interior de lo imposible: volver a ver, se pone en camino. Lo cierto es que se fía.  
El ciego del evangelio vuelve de revés la petición de Santo Tomás, que tantas veces es la nuestra: «si no lo veo, no lo creo». Para este hombre no se trata de «ver para creer», sino «de creer para ver». No ha necesitado tenerlo todo claro, no ha exigido percibir nítidamente el rostro de su sanador. Le ha bastado el contacto y la palabra, el impacto interior y el envío. Él es ahora el enviado, haciendo suyo el verdadero significado del nombre de la piscina.  

2. De la visión al testimonio

Al lavarse, ha comenzado a ver la vida que, hasta entonces, le estaba oculta. Aún no sabe quién es Jesús; no podría reconocerlo entre otros; no identificaría con certeza su voz ‒«ve a lavarte» son pocas palabras para que un timbre de voz se te quede grabado.
Sin embargo, lo que ha vivido es suficiente para responder con firmeza a la pregunta de los fariseos: «Yo les digo que ese hombre no es un pecador; es más, ese hombre es un profeta... Yo solo sé una cosa: yo era ciego y ahora veo y eso para mí no es discutible, por mucho que ustedes se empeñen en negar lo sucedido o por mucho que el miedo que tienen mis padres haga que no den la cara por quien me ha curado. Les repito: yo solo sé que yo era ciego y ahora veo y, si ustedes se niegan a aceptar esa realidad, no tengo nada más que hablar con ustedes. Por mi parte, bien sé yo que ese hombre viene de Dios».   
El resultado de este testimonio es el esperado: lo echaron de la sinagoga. Cuando la ceguera del corazón se encuentra con el testimonio transparente de la verdad, solo tiene dos caminos posibles: o negar la propia verdad («no creyeron que ese hombre había sido ciego») o tornarse gesto violento contra el testigo («Tú naciste lleno de pecado… y lo expulsaron»). ¡Jesús también sufrió en primera persona el embate de esas dos reacciones de los ciegos de corazón!
El ciego ha sido fiel a su conciencia. No puede negar su sanación. Y, atestiguar la bondad de Dios en su propia vida, lo convierte en testigo de Jesús.  

3. Del testimonio a la profesión de fe

En efecto, el ciego ya no es solo el enviado; es también el testigo. Solo una cosa le falta: identificar el rostro de aquel en quien cree, quizás sin saber que cree o creyendo más de lo que cree creer.
Resulta imposible que Jesús no se acerque a quien así lo ha testimoniado. «Jesús se enteró de que lo habían expulsado de la sinagoga y fue a su encuentro». Estamos en el momento decisivo porque va a disiparse la última ceguera de este hombre. «¿Crees en el hijo del hombre? Y, ¿quién es, Señor, para que crea? Es el que habla contigo. Creo, Señor».
Ahora la luz interior del que había sido ciego ha quedado completamente restablecida. Se ha producido la última sanación. No queda ninguna ceguera que curar cuando «se ha visto el rostro de Jesús».  

Es difícil no admirar el proceso interior de este hombre. ¿Cómo no sorprenderse de su confianza, cuando tantas veces experimentamos en nosotros mismos nuestros frenos a la fe y nuestras resistencias a que Dios nos toque porque puede revelar que nuestras certezas son cegueras o porque puede enviarnos hacia las piscinas de la vida a las que no queremos ir? ¿Cómo no sentirse pequeños ante su «creer para ver», cuando nuestro corazón, en no pocas ocasiones, suspira por un «ver para creer»?
¿Cómo no vamos a admirar la firmeza de su testimonio quienes demasiadas veces escondemos nuestra fe o disimulamos la huella que ha dejado el paso de Dios por nuestras vidas?
Pero, sobre todo, ¿cómo no aprender de su actitud de discípulo? ¿Cómo no contemplar admirados su disponibilidad para dejarse enseñar («¿quién es para que crea en él?»), los que con demasiada frecuencia hemos dejado que Dios se nos convierta en una «lección sabida», en una «imagen petrificada», en una «adquisición domesticada de nuestro corazón»?

Buen domingo de cuaresma