PREGÓN DE LA SEMANA SANTA DE SANTA CRUZ DE LA PALMA 2013

Probablemente no hay tiempo mejor que la semana santa para entender lo que es la liturgia. Y tampoco para comprender si el concilio vaticano II, del cual estamos celebrando en este año de la fe el 50º aniversario de su inicio, ha servido para algo.
Repito que ningún tiempo mejor que la semana santa para entender lo que es la liturgia, porque ésta es definida por el concilio vaticano II, en su constitución dogmática sobre la liturgia Sacrosanctum Concilium, en el número 7 como “el ejercicio  del sacerdocio de Jesucristo. En ella, los signos sensibles significan y, cada uno a su manera, realizan la santificación del hombre; y así, el cuerpo místico de Jesucristo, es decir, la cabeza y sus miembros, ejerce el culto público integro.”


Sé que corro el riesgo de que al final solo se recuerda esto, pero me arriesgo a fin de que podamos comprender mejor lo que estamos a punto de celebrar. (sacar tubería)

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Seguro que muchos de ustedes se preguntarán que tiene que ver una tubería con la semana santa y la liturgia. Que yo sepa nada, salvo que es una imagen que nos puede ayudar. Es cierto que nos ayudaría más poder traer  una tarjea como las que recorre mucho de nuestras tierras, pero eso no me es posible traerla, por eso me conformo con este pequeño trozo de tubería.
Para comprender la liturgia hemos de situarnos en clave de fe, de lo contrario solo asistiríamos a un teatro mas o menos cuidado, mas o menos emotivo. Hemos de situarnos en la clave de encuentro entre Dios y su pueblo. Más bien, en la clave de la voluntad salvífica de nuestro Dios. Éste ha querido salvarnos, darnos nueva vida, recrear el mundo roto por el pecado, salvarnos de todo aquello que nos impide vivir en plenitud. Para ello mando a su hijo Jesucristo, hecho hombre y nacido de la virgen María, para que Él, entregando su vida y su cuerpo humano en ofrenda obediente a la voluntad de Dios Padre y por amor a la humanidad, nos librase del pecado y nos diera nueva vida por su resurrección. Podíamos decir que por su muerte nos quitara la muela picada y por su resurrección nos pusiera una nueva en su lugar.
Pero, ¿cómo participamos nosotros de esa vida? ¿Cómo llega hasta nosotros esta salvación? Es el Espíritu santo quien nos injerta en este río de vida que nace del costado traspasado del Salvador. Podemos decir que el espíritu santo es como la savia que nos llena de vida, desde el momento en que somos injertados por el bautismo en la viña que es Cristo  por el viñador, que es Dios padre. Pero ¿dónde recibir el Espíritu, donde encontrar el Espíritu que me renueve, que me santifique, que me divinice? En la Iglesia a través de la liturgia. La iglesia como comunidad es el templo en el que habita y por tanto puedo encontrar al Espíritu que por los sacramentos, especialmente el bautismo habita en mí y me va santificando, vivificando, va transformando, transfigurando, divinizando mi vida.
¿Cómo llevar el agua desde los nacientes o galería a las huertas, a las casas? Podría ser la misma pregunta, pero referida al agua de vida eterna. Por eso, el ejercicio del sacerdocio de Cristo, el ofrecer su vida en la cruz para nuestra salvación, llega a nosotros a través de los  signos sacramentales , tales como el agua derramada en la cabeza, el anillo en la mano de la pareja, el aceite en la frente o en las manos,… que significan, es decir, nos hablan, nos evocan una realidad espiritual y divina,  una realidad salvífica, que a la vez realizan.  La unción con aceite, cuyas manchas sabemos son muy difíciles de quitar, al ser confirmado, no solo evoca al Espíritu que irrevocable habita en nosotros, sino que hace que por la acción del obispo y la fe del que lo recibe, el Espíritu entre en él e ilumine sus decisiones y fortaleza su actuar y su sufrir.
Podríamos decir que de igual manera que el agua que nace en una fuente necesita una serie de canalizaciones a  través de las cuales poder llegar a donde es necesaria, la vida nueva de Cristo sacerdote llega a nosotros a través de la canalización de los signos de los sacramentos, que no solo me hablan de la salvación de Dios, sino que la realizan en mi.
Aún recuerdo una caja de metal azul que contenía una inyección de cristal, cuando se reutilizaban hirviéndolas  pues no había de usar y tirar. Para mí, estando malo, verla evocaba el estremecimiento del poco deseado pinchazo, que poco después, irremediablemente, se realizaba.
Podemos entender ahora el servicio de imagen y de recuerdo de lo que es la liturgia para nosotros que nos presta la tubería. De igual modo que ella nos transporta el agua, la liturgia nos lleva la salvación.
Por eso la semana santa es un tiempo propicio para entender lo que es la liturgia, y no solo porque las celebraciones son ricas en signos, gestos, cantos, posturas que todas ellas nos hacen participes de la vida divina de nuestro Dios, sino porque celebramos el momento en que Cristo ejerce su sacerdocio, entregándose por nosotros, su pueblo, su cuerpo, su iglesia.
Pero también les decía, que la semana santa es un tiempo propicio para evaluar si el concilio vaticano II ha servido para algo. El primer documento aprobado por los padres conciliares fue el de la sagrada liturgia. Para algunos estudiosos del concilio no es casualidad. El escaparate de la iglesia para muchos creyentes y para casi todos los que no lo son es la liturgia, las celebraciones de la iglesia. Y en los principios de reforma de la misma, en sacrosanctum concilium, parece el concilio querer poner las dos líneas maestras de todo lo que quería cambiar: primero, fidelidad a lo fundamental pero cambio en lo secundario. Y segundo, iglesia somos todos.
Primero, fidelidad a lo fundamental, a lo que no se puede cambiar porque entonces seriamos infieles al mensaje y a la voluntad de nuestro señor Jesucristo. Pero cambio en todo lo demás. Por ejemplo, siete sacramentos. Pero celebrados de manera muy distinta. O al menos con cambios serios y profundos. La misa, por ser quizás la celebración más conocida, prácticamente no ha alterado su estructura interna de cómo es descrita en la didaje, escrito cristiano del siglo segundo de nuestra era, hace ya casi 2000 años. Pero muchos recordarán el cambio de la lengua, de ver la espalda a ver la cara al cura,…
Pero en este ser fiel a lo fundamental, surge como piedra angular en la liturgia el misterio pascual de Cristo, su muerte y resurrección, el ejercicio de su sacerdocio.  Todo vale en la medida que nos lleva a celebrar y vivir este misterio, y no sirve si lo que logra es ocultar o alejarnos del mismo. Además, todos los sacramentos, ritos, fiestas etc tienen razón de ser en cuanto nacen de este misterio o son manifestación de los frutos del mismo, como son la celebración de los santos.
Y en segundo lugar está que iglesia somos todos. Esto es la liturgia se traduce en una palabra un poco extraña: participación. Cuando hablamos de participación en la liturgia no nos referimos, a menos de un modo principal y fundamental, a que hagamos cosas, por ejemplo leer, cantar o hacer la colecta. No. Se refiere más bien a que estás cosas que hacemos, vemos, oímos, decimos, no se queden en lo exterior de nuestra vida, sino que nazcan de nuestro corazón y lo remuevan, lo conmuevan, lo hagan nuevo.
Sobre la participación volveré luego, pero creo que ya podemos pararnos a pensar si el concilio vaticano II ha servido para algo. Comparto con ustedes una experiencia vivida en los  años que llevo de párroco.
En ellos, mis mayores problemas eran si nombraba o no el apellido de un difunto en la misa, líbreme Dios de olvidarme de nombrarlo; si salía la virgen con cual o tal manto, si la procesión iba por tal o cual calle, si tenía más  o menos flores, si iba o no torcida la vela, si tal o cual podría ser padrino o no, que la foto de la comunión,… ahora: ¿eran los problemas que preocupaban a aquellos cristianos como llevar el evangelio a las nuevas generaciones, como construir una sociedad más justa, la atención de los enfermos y de los necesitados? Creo que por cada cien desilusiones de aquellas encuentra uno una alegría de estás. Y diciendo esto pienso que algo de culpa tendré yo, que soy su pastor, si años después la cosa sigue igual.
Aún me entristece recordar cuando alguien me dijo que mejor guardará todas las colectas para restaurar una imagen en vez de enviarlas a caritas y tonterías como esas; o cuando al llegar el Cristo de argual en la procesión del jueves santo a los límites de la parroquia de los remedios, un señor le tocaba el carro y le decía: pórtate bien que entras en territorio enemigo.
Y no digo yo que no tengan cabida muchas de estas cosas en la vivencia de la fe, pero resulta cuando menos curioso que desate un debate serio y profundo la arruga del mantel de la mesa cuando sobre ella solo hay platos vacíos por falta de alimentos ante sillas vacías que nunca se llenaran porque no hay comensales ni se les espera, ya que nosotros estamos muy ocupados y preocupados en discutir sobre la arruga del mantel, quien la plancha y quien lo pone.
Por eso, espero que la semana santa de este año de la fe nos ayude a entender que celebramos la entrega por amor de Cristo en obediencia al Padre para nuestra salvación en celebraciones litúrgicas y distintos actos de piedad popular, que a la vez que recuerdan y manifiestas, recrean o aumentan en nosotros esa vida.
Pero espero también que no dejemos caer en saco roto la invitación del concilio a ser fieles a lo fundamental y renovar lo secundario, si esto es obstáculo o tapa el acceso a lo central, el misterio pascual, en vez de acercarnos a él. Hace 50 años nuestros pastores nos dijeron que la ley de oro en la vida de la  iglesia no era: esto siempre se ha hecho así, sino esto me ayuda a crecer en la fe y a crecer en santidad. Y  para ambas cosas, crecer como creyentes y dejar que la gracia del Espíritu me santifique,  cuidemos nuestra participación en las celebraciones.
Pero al margen de esta clase de introducción a la liturgia posconciliar, cuando alguien como yo, hijo de esta ciudad de santa cruz de la palma y nacido a la fe en esta parroquia de El Salvador se sienta a pensar que le han pedido hacer un pregón para la semana santa de esta ciudad, no puede evitar que  innumerables  recuerdos que se me  vengan a la cabeza. Desde ayudar a poner las imágenes en sus tronos, hasta poner las velas en sus fanales, desde ayudar a preparar las velas del monumento hasta limpiar la plata del mismo, desde preparar los ornamentos para las celebraciones como ayudar a cambiar los bombillos que se habían fundido, … y cuando estos recuerdos llegan a los años que pase como cofrade de la cofradía del santo encuentro, uno recuerda las reuniones preparatorias, el pedir que prepararan el hábito,  el dolor de cabeza del peso del capirote, el frío suelo al ir descalzo, el venir un buen rato antes en esa mezcla de nerviosismo e ilusión previa a salir la procesión, siempre mirando al cielo para que el tiempo acompañe,… y aun otros muchos recuerdos anteriores, como el venir una hora antes para poder coger sitio el jueves santo, día que además se estrenaba ropa, el silencio sobrecogedor de la ceremonia del santo entierro solo roto por la marcha fúnebre que toca la banda municipal de música y ese casi terrorífico momento, al menos para un niño, de oír el ruido sordo de la caja al cerrarse mientras el templo queda a oscuras en un ambiente cargado… 
También recuerdo otros hechos más anecdóticos, como cuando se le quemo el traje que estrenaba a san Juan evangelista. Y otros que,  gracias a que Dios ha querido que participara del encuentro santo con él, que el papa emérito Benedicto XVI recuerda en deus caritas est es el origen de la fe, cobran un sentido insospechado. Me refiero a una experiencia vivida hace casi 30 años, pues si no me falla el dato, fue en 1983 cuando el entonces párroco de El Salvador, d. Manuel Glez. Méndez, en gloria esté, trajo desde Roma la imagen conocido popularmente como el Cristo del Clavo. Durante varios días estuvo expuesta  para que todos lo pudiéramos ver mejor enfrente de su capilla. Yo, que entonces contaba con 8 años, 9 a lo sumo, si me equivoqué de fecha, recuerdo que tras la misa lo fui a ver con mi madre. A alguien que todavía está en esa edad que cualquier cosa le impresiona mucho, recuerdo el impacto que me produjo una imagen tan realista y lograda. Pero cuando pregunté la razón de porque tenía el clavo aun entre los pies, mi madre, repitiendo lo que el párroco había dicho imagino, me contó que el autor, tristemente fallecido poco después y ya cuando me lo decía, había querido expresar con este gesto que Cristo aún seguía clavado, crucificado, mientras haya personas que sufren en el mundo.
Casi 30 años después, tras casi 11 de sacerdote y 5 de delegado arciprestal de caritas, este último en la caritas arciprestal de santa cruz de la palma, comprendo la profunda fe que está persona dejo plasmada en este detalle. Y la gran realidad que contiene. Y no solo porque recuerde ese pasaje del evangelio de Mateo, que dice: cuando lo hicieron con uno de estos, mis hermanos pequeños, conmigo lo hicieron, sino porque la vida pone delante, demasiados rostros de Cristo sufriente.  La fe me ayuda a ver que Cristo, y estoy convencido que igual que yo lo ven cientos, miles de cristianos y personas de buena voluntad, a Cristo que  sigue clavado a la cruz, Cristo no ha dejado de sufrir. No puede dejar de sufrir.
-         Porque Cristo  sigue orando en el huerto de Getsemaní cuando le cuesta aceptar la muerte inesperada de un ser querido, cuando le cuesta asumir el diagnóstico de un cáncer o la noticia de que murió en la carretera el ser que amabba, cuando pide desesperado que si es posible le perdonen la deuda, o esperen un mes más el alquiler, o que no le eche pues sino como dar de comer a sus hijos;
-         Cristo sigue preso de contratos e hipotecas abusivas, de leyes injustas, a la vez que llora pues no sabe con llegar a fin de mes con 426€ un alquiler de 300, los niños, la luz y el agua, mientras encima un gallo te dice que a lo mejor es culpa tuya que no has sabido triunfar en la vida como otros, o te recuerda la verdad de que si hubieses ahorrado, pero por desgracia el tiempo no da marcha atrás;
-         Cristo sigue siendo azotado, golpeado en las mujeres que son maltratadas en el silencio de su hogar o utilizadas y vendidas en las carreteras y calles de nuestros pueblo y que encima tienen que escuchar que así son las cosas, que es normal porque los que le pegan o usan lo hacen porque las quieren o, simplemente, porque los hombres son así; es azotado en los desahuciados de sus hogares, en los desempleados de larga duración, en los que ya no reciben ningún tipo de ayudas, y encima les miran mal cuando van a cáritas, porque allí van los que no lo necesitan, los cara duras, los que quieren vivir del cuento;
-         Cristo camina con la cruz del paro buscando trabajo, mientras carga con sus hijos e hijas, incluso los padres mayores, y cae, pues no entiende que ha hecho mal,  porque de nada sirve protestar, pues no entiende como robar 20€ es delito y 20 mil no, porque  no entiende que unos veranean en habitaciones de 1000 € la noche y cobran millones, porque no entiende que ni siquiera los que son culpables, nunca van a la cárcel ni mucho menos devuelven nada, y a veces, abrumado, cae en la droga, el alcohol, la ludopatía, la depresión;
-         Cristo paciente y humilde sufre solo en el que, por ser extranjero, encima de dejar su patria viene a otro país soñando una vida mejor y lo que encuentra es que mejor no ponerse malo, pues no le atienden, esperando le den una bolsa de comida o algo de ropa para descubrir su desnudez, o una habitación para poder bañarse tras días durmiendo en la calle o en un coche, paciente y humilde espera que su trabajo indefinido lo sea de verdad, paciente y humilde aguanta todo en su trabajo, en el cual no se atreve a decir nada, pues sabe, como le repiten a menudo, que si no estás contento, tu puesto de trabajo lo están deseando muchos;
-         Cristo sufre crucificado en los enfermos de sida cuyo centro ha de cerrarse porque hay dinero para otros gastos, pero para ellos no, en los inmigrantes para los que no hay nada, en los enfermos encamados, en las madres solteras que no encuentran ayuda,
-         Cristo, muerto ya, ha dejado de sufrir, al no tener la más mínima esperanza, pues si los países ricos no dejan de reducir gastos, ¿que migajas les quedará a los que necesitan de las ayudas para el desarrollo para mantener viva alguna esperanza de futuro?  ¿Como esperar paz si se deja de vender armas para que no la haya?
-         … de ellos solo se acuerda la madre que lo coge en brazos, la misma que acude con esperanza y, en medio de su desesperanza, pide un trabajo para su hija o su nieto, la misma que en dolor vence la vergüenza y se come su orgullo al venir a pedir, pues aguanta su hambre, pero la de sus hijos no. La misma a la que no le queda  mas que llorar porque no entiende, no comprende, ya no puede sino llorar, pues es lo único que no le pueden quitar.
Pero  como Cristo ha roto la puerta que lo quería dejar encerrado hasta otro año, como Cristo ha parado la marcha fúnebre para entonar el himno a la alegría, como Cristo se sigue empeñando en rasgar la oscuridad de la noche con la luz de su vida, que como el agua, se vale de cualquier resquicio para inundar el mundo, como Cristo hace nuevas todas las cosas, también la fe me ayuda a saber que todo esto no está avocado al fracaso. Y me ayuda a ver a Cristo que, despojado de su manto y con la toalla bien sujeta, toma agua y lava los pies. Me alegra y llena de esperanza, a la vez que me cuestiona, ver el rostro de Cristo servidor en quien   perdiendo su legitimo tiempo de ocio, sus legitimas ganancias, cuida o visita al enfermos, en cientos de voluntarios que dedican su tiempo a ayudar, acoger, formar, acompañar, dar pescado, enseñar a pescar, preguntarse porque no hay pescado y luchar por transformar un mundo que se sigue empeñando es quedárselo todo para unos pocos, puedo ver a  Cristo servidor en quienes, y  aun estoy por saber como,  estiran su pensión para vivir ellos y hacer vivir con su donativo y su cuota de socios, en quien separa una bolsa de lo comprado para aquel que no puede, veo a Cristo servidor en quien busca soluciones y no solo problemas, en quien suma y no separa, en quien reparte sonrisas,  la fe también  me ayuda a ver a Cristo portando una rama de olivo y de palmera, signo de esperanza y de profetismo, gritando a los cuatro vientos que otro mundo es posible, que hay esperanza, que ese no es plan de Dios, que nunca hay limites para soñar, me ayuda a ver a Cristo en voluntarios de caritas, entreculrutas, manos unidas, y otras muchas instituciones y ongs que con la fuerza de la cruz abrazada, y el mandato del amor tatuado en su corazón, aunque no crean a veces en la que mano lo hizo, son cireneos que portan la cruz  de los que el mundo quiere olvidar o relegar a números sin rostro, y por tanto, números, no historias, sino números, no historias de dolor, solo números. Quizás olvidando  que tal vez el próximo número de esa lista puede ser él.
Pero sobre todo, me alegra que la fe me ayude a ver a Cristo resucitado en el que, gracias a proyecto hombre, es un hombre nuevo libre de las ataduras de las drogas, ver a Cristo resucitado en quien gracias a alcohólicos anónimos, es libre de las ataduras del alcohol; verle resucitado en la sonrisa de los niños y adultos a quienes un proyecto de manos unidas o entre culturas ha hecho tener una vida más humana, quizás con más futuro; en quienes mantienen viva la esperanza de un trabajo porque me han dado una formación, en quien mantiene viva la esperanza pues encuentra una puerta abierta en la que sentirse acogido, ayudado y animado a levantarse y caminar de nuevo, en quien logra reinsertarse en la sociedad tras salir de la cárcel, o tras salir del centro de menores inmigrantes con un trabajo y un hogar, en quien al menos aleja el fantasma del hambre,…
Por eso, les invito a vivir y celebrar esta semana santa con una participación plena, consciente y activa. Pues el concilio vaticano II,  como antes decía de pasada, nos invitaba a todos a dejar de ser espectadores mudos y extraños en las celebraciones para ser protagonistas de las mismas de una manera activa pues nos preocupamos en preparar, adornar, ensayar, colaborar, leer,… pero que también es participación fructuosa porque me ayuda a crecer como persona, como creyente, como misionero. Y consciente pues nuestra alma está en consonancia con nuestra voz, porque siento, creo, me comprometo en lo digo y hago con la verdad y la fidelidad de los pactos y promesas de nuestros mayores, cuando el contrato era innecesario, porque la sola palabra bastaba.  Consciente porque entiendo y vivo, no cumplo; porque se distinguir los secundario de lo fundamental. Consciente porque no quiero ni pretendo convertir la celebración de los misterios que nos dieron nueva vida en cómplice o causa de mantener unas actitudes y una sociedad, un status que quita la vida, consciente porque quiero que la celebración de la muerte y resurrección de nuestro Señor y Salvador Jesucristo me ayude a complicarme la vida y perder la vida, pues en mi, por mi y conmigo quiero que Cristo lave los pies; me enseñe  a interrogarme como vivo la vida, a convertirme en la vida, pues quizás en mi y conmigo Cristo sufre, pero tengo que reconocer que las más de las veces soy el clavo que impide que Cristo deje de estar crucificado en el mundo.
Siento que alguno que me escucha, llegado a este punto podría preguntarse cual es la prueba del  algodón o del nueve que me ayuda a saber si vivo la semana santa con una participación plena consciente y activa, o no; saber si hago de la semana santa una acto cultural  o un acto de fe.
Pues es muy sencillo. Todo depende de lo que dure para cada uno  la semana santa. Y no me refiero a si se acaba el viernes santo o el domingo de resurrección, aunque ciertamente este puede ser un buen termómetro. Me refiero a si se acaba o no. Pues cuando  se participa de las celebraciones de la semana santa de una manera plena, consciente y activa,  se comprende, se cree y  se vive que a Jesús, Señor del huerto, preso, atado a la columna, nazareno o de la caía, de la piedra fría, del calvario o de la piedad, como al Cristo del clavo, lo tenemos siempre procesionando en  las calles de la ciudad cada día del año. Solo hemos de dejar que Dios, con la gracia de su Espíritu, nos quite las cataratas que nos impiden verlo. Y que nos ilumine para ponerle el manto de la comprensión, bordado en infinitos minutos de oro de visita, escucha y paciencia, llevando las flores de las obras de caridad y los cirios de los consejos que le iluminen la vida y de las bromas que se la alegren.
Pues si de algo me ha servido ser durante estos años delegado de distintas caritas arciprestal es para comprender que cuando Jesús dijo que tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, estuve enfermo y en la cárcel y me visitasteis, no quiso decir que me pusiste tal o cual manto, me trajiste tal o cual flor, me pusiste oro o plata. No. Cuando dijo tuve hambre y me diste de comer se refiere a que tuve hambre y me diste de comer. Lo otro me servirá a mi como manifestación de amor, si es que manifiesta amor y no otra cosa.
Los egipcios creían que al final de la vida todos eran juzgados, y concebían tal juicio como una balanza en la que se ponía en un plato el corazón y en otro una pluma. Si pesaba más la pluma es que el corazón era bueno, pues significaba que el corazón estaba limpio de maldad.  Que celebrar estos días nos ayude a estar junto al corazón traspasado del Salvador, para que, además de sacar de él las aguas que dan la vida, comprendamos, creamos y vivamos que lo que hace latir ese corazón, el sagrado, es el amor a todos y cada uno de nosotros, sintiendo predilección por los pobres.
Hermanos y hermanas, celebremos de tal modo la semana santa que la estemos celebrando el resto del año, de modo que estudiemos como quitarnos el manto, ceñirnos la toalla, hincar las rodillas  y llenar la jofaina, pues como magistral e insuperable dijo san Juan de la Cruz: al atardecer de la vida, me examinarán del amor. Amor a Cristo, sí, pues esto es lo que me hace cristiano, agradecer con amor lo que reconozco he recibido del amor gratuito, inmerecido e incondicional de Dios, amor a Cristo, sí, que es la fuente, motor y norma de todo lo que hago y digo. Pero amor a Cristo que se verifica en que hago mío lo que el ama, que se verifica en que hago muy su causa, el reino de Dios.
Y por otro lado, está que la necesidad de encuentro con Cristo, de recibir su gracia, su perdón, de permanecer alerta a su llamada, de recargar las pilas para poder mantenerse en su servicio de construir un mundo según su proyecto original, de atención a los más necesitados, no puede ni debe acabarse, si es autentica y adulta, en el viernes santo ni en el domingo de pascua. Pues un coche que caminara y caminara sin pretender repostar, tarde o temprano se pararía, y más si tiene que subir constantemente cuestas. Hay que repostar, hay que ir a la gasolinera de Dios, que es su palabra, que son sus sacramentos, para que el surtidor de Dios, su liturgia, llene el depósito de nuestra vida para poder seguir caminando en el seguimiento del Señor, guiados por la luz de su evangelio, y hacer camino al andar con cada paso que damos, camino que es de cruz pero que tiene como meta el alba del cielo nuevo y de la tierra nueva en la que habite la justicia, que Dios quiso para cada uno de nosotros y que nos devolvió, tras rechazarla en el pecado, por la pasión, muerte, sepultura y resurrección de nuestro señor Jesucristo, que estamos a punto de celebrar, espero que de una manera consciente, activa y plena, para mayor gloria de Dios, nuestro bien y el de toda tu santa iglesia.
Miguel Jesús Guerra Rodrigez